Allende y aquende

Enero 17th, 2009


El mundo en un puño Andarines hijosdalgos

(Hijodalgo: Dícese de la persona de ánimo noble y generoso, y de lo perteneciente a ella.)

¡Cuan grato me es recibir las crónicas de mis hijos de allende la Mar Océana!
Hijos viajeros y andarines me salieron, que honran la estirpe, o más aún, la engrandecen y dignifican. No ha tanto (cuatro décadas corridas), que era yo quien se adentraba por esos mundos de Dios, dejando a mis progenitores reticentes y asustados.
Quizás sus miedos emanaban del recuerdo de sus familiares emigrados una, dos y más generaciones atrás, que habiendo puesto rumbo a poniente, jamás habían regresado a la Madre Patria. La eterna Galicia dejaba así su impronta por toda la rosa de los vientos.
Cuando llegó mi turno y abandoné España, dejé entreabierto el portón por el que mi progenie siguió mis pasos, aunque naturalmente, muchos años después. Lo hicieron como yo, con la mirada puesta siempre en el “plus ultra”, es decir, el más allá.
Me arrojé a la mar sin saber bien quienes éramos, ni ella ni yo. Madrileño, y por tanto castellano de secano, se me antojó conocer esos países míticos de los cuentos y leyendas que otros navegantes antes que yo habían descubierto.
Entré por derecho, y pisé la primera playa con mi flamante uniforme de Oficial de la Marina Mercante, emocionado, con 18 tiernos abriles, y la mirada fija en el horizonte preñado de azul por el maridaje del sobrio cielo y la embelesadora mar.
Una academia en Madrid había captado mi atención colgando una pancarta en el balcón con el siguiente texto: “Si quieres vivir bien y vestir elegante, estudia Marina Mercante. Visitarás países exóticos y conocerás mujeres hermosas.”
El lema que ahora me hace sonreír, me enganchó como a tantos otros jóvenes, que acabaron siendo compañeros de aventuras y desventuras, que de todo hubo. Dejo al lector libertad para adivinar si aquellas frases publicitarias acabaron haciéndose realidad. Yo por mi parte, a sabiendas de que tarde o temprano mis hijos –y nietos-, acabarán leyéndome, diré que sí cumplieron lo prometido, aunque sin entrar en detalles.
Las hojas del calendario volaron más que corrieron, y cuando me quise dar cuenta estaba aquende, con el ancla echada y varado en tierra, con mi prole demandando ya su propia oportunidad de lanzarse a desgastar el pasaporte.
¡Que sangre tienen mis hijos, que el orbe conocido se les ha quedado de pronto encogido y raquítico! Si no han ido a más sitios ha sido por falta de tiempo, porque el ánimo siempre ha estado presto en todos ellos para acometer nuevas aventuras y lances sin fin.
Mis tres nietos (Clara, Ana y César) han desembarcado en un nuevo mileno, donde el avión es el señor absoluto para coquetear con el mundo. Quizás ellos, y los primos que se les sumen, debieran repetir las singladuras de su amado “abu”, a bordo de lentos y pacíficos navíos, donde el tiempo no existe, solo la mar y el cielo para recoger sus pensamientos, mecer sus sueños, y a veces concederles sus más recónditos deseos.
Mis hijos -e hijas, que ahora se dice así-, me dan amor, sin pedir nada a cambio, me muestran su cariño una y otra vez, me besuquean más todavía, y para que no todo sea como un cuento de Disney, me prodigan de tarde en tarde alguna que otra reprimenda. He llegado a la conclusión de que sus muchos merecimientos -que cada uno los tiene a puñados-, son propios, gestados en ellos mismos, forjados en el devenir del día a día, y que los defectos, que alguno hay por ahí suelto, es mi puritita herencia. (He dicho “puritita”, no putita)
¿Qué a qué viene todo esto?, pues muy fácil, porque quiero dejar constancia escrita y pública de lo mucho que los quiero, porque dan cobijo y respuesta a mi cariño de forma inmediata.
¿De qué vale que les diga que disfruten allá donde estén y vayan, si ya lo hacen? Pero es que mis palabras son una aseveración harto egoísta, porque cuanto más felices sean, cuanto más disfruten de sus familias y amigos, cuanto más proyecten su hidalguía sobre los demás, más se regocijará mi ánimo, que es mera prolongación del suyo.
¡Que ese Dios -que algunos necios dicen que no existe-, los bendiga!

¡Ya vienen los reyes…!

Diciembre 15th, 2008


Los mejores Reyes ¡…por el arenal…!

Continúa diciendo el añejo villancico. Curiosa y melindrosa manera de referirse a los aledaños del gran desierto de Arabia. Aunque no por ello sea inexacta, porque es un auténtico arenal, y lo puedo confirmar porque lo he pisado no ha mucho.
De toda la agresiva parafernalia en que la sociedad de consumo ha convertido la tradición religiosa de la Natividad del niño Manuel, yo personalmente me quedo con la Epifanía, es decir, con la visita que tres señores sabios venidos de allende hicieron al Ilustre nacido.
Estos días he visitado en Madrid unos cuantos “Nacimientos” o “Belenes”, por curiosidad, por tradición, y porque espero que mi humilde presencia anime a sus entusiastas hacedores a persistir en tan tierna tradición. Que nadie diga que visto un “Belén”, vistos todos. La creatividad, la sensibilidad, y muchas veces el arte de sus creadores, resaltan los sentimientos humanos que por unos días nos afloran a todos. ¡Qué lástima que sólo sea por unos días!
Amén de tus propias sensaciones, es grato escuchar los comentarios de quienes se detienen a tu lado para admirar la misma escena que tú. A pesar de las posibilidades que nos brinda la técnica moderna, siempre es el toque rústico sin más, el que atrae nuestra atención, el que nos hace recordar a los mayores cosas reales vividas en nuestra infancia, como la lavandera en el río, el señor haciendo gachas o la castañera calentando el ambiente, y a los niños los animalitos domésticos y campestres, que ya no tienen ocasión de ver por la calle, como lo hacíamos a diario quienes nacimos varias décadas atrás.
Pero sin duda son los tres Reyes Magos los auténticos divos del celebérrimo conjunto cristiano. Son los ricachones de la variopinta troupe que puebla casas, campos y colinas. Sus ropajes y aprestos deslumbran -y desentonan a la vez-, con la palmaria humildad del resto de los personajes, desde el niño Jesús –siempre en cueros y helado de frío-, al más modesto pastorcillo. Pero no hay que echárselo en cara, a fin de cuentas eran reyes, al menos en la tradición católica, porque el Evangelio de San Mateo dice simplemente “magos”, apeándoles cualquier tratamiento real.
Y esos Reyes venían de Oriente (hoy siempre en llamas) para hacer el bien, mucho bien, y aunque suponemos que ni el oro, ni el incienso, ni la enigmática mirra fueron los juguetes adecuados para el Bebé celestial, el resto de los niños cristianos que han ido poblando el planeta, sí han recibido de esos dudosos Reyes, regalos, prebendas, juguetes y alegrías sin fin, y lo que es mejor, a la carta, para que Sus Majestades no tuvieran que estrujarse el magín con cada uno.
Esos Magos de San Mateo –que sus colegas evangelistas, San Lucas, San Juan y San Marcos, no mencionan en absoluto, ellos sabrán porqué-, han sido durante siglos portadores de la mayor de las magias, la de crear ilusiones sin freno en millones de niños de cientos de generaciones. ¿Cuantos nervios hemos aquilatado en nuestra infancia durante la interminable víspera del 6 de enero? Por mucha edad que aquilatemos los del pelo blanco, seguimos sintiendo un placentero estremecimiento cuando añoramos nuestras propias vivencias infantiles, en las vísperas de la Epifanía.
Cuando yo era niño -hace más de medio siglo-, el Rey Mago de piel oscura que aparecía en cabalgatas y fiestas infantiles, era un voluntario dispuesto a llenarse la cara de betún porque en España, o al menos en Madrid, había carencia absoluta de ciudadanos de etnia negra. Esa circunstancia la corrobora el hecho de que mi padre me llevara en una ocasión a la Plaza de la Cibeles para ver a un “guardia urbano” (se llamaban así los policías municipales que hoy día ignoran a los semáforos y desordenan el tráfico rodado), porque era de raza negra, de la Guinea Española (ahora Guinea Ecuatorial) No hace falta decir que hoy en día, en España ya no es necesario el betún, al menos para tal regio menester.
Otra de las incómodas situaciones que no he acabado de superar, es la de saber quien es Gaspar, quien Melchor y quien Baltasar. De pequeño, cada adulto a quien preguntaba me contestaba una cosa diferente, con lo que ante la duda opté por dirigirme a ellos cuando surgía la ocasión de darles el besito de rigor, pinchándome con su barba, de llamarles Majestad. De adulto, ya con el Nuevo Testamente leído y releído, pude constatar que San Mateo jamás mencionó sus nombres, y ni siquiera cuantos eran. Esa leyenda, que hemos aceptado como tradición, nació siglos después de aquellos hechos que conmemoramos cada Navidad, y es mejor dejarla correr, porque lo que verdaderamente cuenta es el cargamento de ilusión que traen a este mundo, cada vez más incrédulo y deshumanizado.
En mi infancia no se había inventado Cortylandia, y ni siquiera el Corte Inglés, y la cohorte de los tres benéficos monarcas, de escuderos, pajes, camelleros, etc., era tan vistosa como varonil. Era una época muy machista, y todos eran hombres (menos los camellos, claro) Ahora los servidores de Sus Majestades de Oriente son mayoritariamente preciosas zagalas, con coloridos leotardos y gorrito emplumado, que atraen la mirada golosa de los papás, mientras sus retoños, más prosaicos, solo tienen ojos para los Reyes apoltronados en sus vistosos tronos.
De nuevo se me viene a la memoria nuestra ínclita ministra de la Igualdad -de cuyo nombre no quiero acordarme-, con su insistencia en rematar las palabras en “a” para definir el sexo femenino. Si públicamente repitió sin pudor alguno los vocablos “miembros y miembras”, para definir a componentes de ambos sexos, pienso que en estas fechas exigirá que igual que se les llama “pajes” a los servidores reales del sexo masculino, se las llame “pajas” a las del sexo opuesto. De nuevo me opongo.
¡Feliz Navidad, y que los Reyes Magos (y los otros) se porten bien con todos!

Parlanchines

Noviembre 11th, 2008


Micrófono peligroso

¿Y si pensamos antes hablar?

Ese debería ser el proceso del ser humano, que para eso se distingue del resto de los animales de la Creación, por su capacidad de ejercer ambas acciones: pensar y hablar. De esas dos funciones, la primera, la de pensar, es la asignatura más difícil, en la que muy pocos sacan un sobresaliente, y sí muchos un suspenso con chorreras. Claro, que uno puede pensar mucho y bien para sus adentros, pero si no lo exterioriza comunicándolo a los demás, nos quedamos sin saber si su actividad neuronal es digna de elogio, o por el contrario es deseable que no pase a la fase siguiente, la de hablar.
Hoy quiero referirme a quienes nos mal informan o maleducan escudados detrás de un micrófono, bien sea en la radio bien en la tele. Esos profesionales que se ganan la vida hablando, tienen una enorme responsabilidad (aunque algunos parecen ignorarlo) ante su audiencia, que somos todos. A pesar de que la radiodifusión ya es centenaria y ha perdido el aura inicial de magia y/o brujería que se le llegó a atribuir en la primera década del siglo anterior, es manifiesto que ahora, en este siglo XXI, muchísimos oyentes y televidentes siguen creyéndose a pie juntillas todo lo que llega a sus oídos por un receptor de radio o de televisión. (De la prensa escrita ya hablaré otro día, que también hay tela para cortar) Frases como: ¡Lo ha dicho la radio!, o ¡Lo he visto en la tele!, son sentencias lapidarias con que muchos ciudadanos acorazan sus comentarios, para que no se los podamos rebatir, aunque sepamos con toda autoridad que la tal noticia es una barbaridad que no hay por donde cogerla.
De ahí la enorme responsabilidad que tienen los locutores cuando salen al aire, porque se convierten en asertores intocables. Dicho lo cual, paso a reproducir algunos de los comentarios que me han dejado perplejo en los últimos días, y que me hace pensar que quienes tales barbaridades divulgan, trasmutan su categoría profesional de “locutor” por la de “parlanchín”, que la Real Academia asigna a quien “habla mucho y sin oportunidad, o que dice lo que debía callar.”
Escuchaba yo atentamente en la radio una crónica sobre la Estación Espacial Internacional (ISS), en la que se describían algunas de las actividades que sus tripulaciones cambiantes desarrollaban en órbita terrestre. La locutora de turno, al concluir esa noticia y pasar a la siguiente, añadió de su cosecha el siguiente comentario: “Dejamos a los astronautas y nos vamos mucho más cerca, a Santiago de Chile, desde donde nuestro compañero…” ¿Hace falta decir que esa señorita parlanchina no sabe que los 400 km que nos separan de los astronautas de la ISS son muchos menos que los 7.800 km que separan España de Chile? Claro ejemplo de hablar sin pensar.
Los programas de cocina han proliferado en la televisión de forma desmedida. Unos son mejores y otros peores, hay grandes autodidactas que lo saben todo pero no lo saben comunicar al televidente, y otros más caseros, que te enganchan con su gracejo y artimañas en el primer minuto.
En una de esas sesiones culinarias, aparece un “chef” manejando sus herramientas con harta soltura, pero ignoro porqué, está acompañado de una señora que no hace nada ni demuestra saber de nada, aunque caracolea alrededor del cocinero haciendo continuos comentarios de alta sapiencia como: “¡Qué bien huele esto!”, o “Esto o rojo y alargado con pepitas dentro, ¿es un pimiento, verdad?” Bueno, pues un día, en que el sufrido restaurador aderezaba un plato oriundo de las Islas Afortunadas, su acompañante se sintió obligada a demostrar sus profundos conocimientos históricos (razón por la que quizás alguien la haya puesto ahí), y sin enmendarse a nadie lanzó el siguiente aserto: “Este plato es de Canarias, que como todo el mundo sabe perteneció durante muchísimos siglos a Portugal.”
Mi reproducción es literal, y hay que leer la frase varias veces para creer que alguien pueda decir semejante estulticia, y en un medio de masas. Isabel I de Castilla, antes de ser rebautizada como Isabel la Católica, incorporó en 1477 Gran Canaria, Tenerife y La Palma a la corona de Castilla, siguiendo las demás islas poco después. Aunque navegantes portugueses recalaron en las Islas rumbo al sur del continente africano, ni las Canarias fueron portuguesas ni mucho menos “durante muchísimos siglos”. Lo siento por ese “chef”, porque es bueno en su oficio, pero no he vuelto a escuchar sus consejos porque la “historiadora” sigue apareciendo en su programa, dañándolo irremisiblemente. Yo simplemente no la soporto.
Viendo la “tele”, me tropecé con un comentarista que hilaba noticias de aquí y de allá, y en un quiebro geográfico dijo que tenía intención de ir a Namibia para estudiar a los pigmeos (¡) Mira por donde yo he estado en Namibia y países aledaños durante un año, precisamente empapándome de la vida y costumbres de los aborígenes Ovambos, Bosquimanos, Hereros, etc. Puedo jurar que jamás vi un solo pigmeo en Namibia, aunque lo conseguí cuando me trasladé al triángulo de Camerún, Congo y Gabón, a más de mil kilómetros al norte. Espero que ese parlanchín se haya informado mejor antes de sacar el billete de avión, porque los pigmeos de Namibia le pueden dar un soberano plantón.
Otro día, en un coloquio en la radio, el varón que estaba al micrófono quiso demostrar su asombro por los avances científicos diciendo: “Ya lo dice el refrán: Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”. Pues no, señor parlanchín, que ese dicho es antiguo, pero no es un refrán, sino parte del diálogo de Don Hilarión (el de una morena y una rubia, hijas del pueblo de Madrid), del libreto que Ricardo de la Vega hizo con pluma castiza para la zarzuela “La Verbena de la Paloma”, cuya música encumbró el maestro Tomás Bretón. Quedamos pues, en que no es un refrán.
Podría seguir indefinidamente, y quizás vuelva al asunto más adelante, pero para no extenderme voy a rematar con una frasecita que ayer mismo por la noche oí en una tertulia futbolera entre cronistas deportivos. A lo mejor esa misma circunstancia les exonera de su desconocimiento del idioma. Nunca se sabe. Uno de los tertulianos postulaba la pésima ejecutoria de un determinado equipo de futbol, y soltó la siguiente perlita: “No quiero entrar en la “agorería”. Deduje que había querido decir algo así como que “no quería ser agorero”, es decir, pesimista. Pero quizás yo esté equivocado y exista otro idioma paralelo al que yo estudié en su día, llamado español, y que inculto de mí ignoro que ya ha fenecido en las garras de ciertos alevosos parlanchines, merced al poder que les dan las ondas hertzianas y quienes les consienten que hablen así.

Abuelos jubilatas

Noviembre 6th, 2008

 
Ana Plonsky Grandela

 

¿Tú te llamas abuelo?

 

            Esa pregunta la hizo por teléfono una tierna criatura de dos años y medio a su abuelo, cuando éste le preguntó si sabía ella quién le hablaba por el teléfono.  ¿Tú te llamas abuelo?

            Si digo que el abuelo era yo, seguro que no desvelo ningún secreto; en cambio sí debo descubrir que la vocecita de golondrina (si las golondrinas tuvieran voz), era de mi nieta Ana que naturalmente me adora, como no podía ser menos.

            Ese mundo inédito con el que nos topamos los currantes cuando cae el telón de la representación de nuestra vida laboral, aparece sazonado de dificultades y situaciones forzadas, que empañan la supuesta alegría de arribar por fin al deseado reposo temporal (el reposo eterno es más descansado, pero nadie lo quiere)

            Ese nuevo estatus, aparentemente goloso y exento de obligaciones, nos coge a casi todos a contrapié, porque llevamos entre tres y cuatro décadas inmersos en una rutina y horarios prefijados, que han dividido y parcelado nuestro tiempo a su antojo, y subsiguientemente nuestra vida más íntima, si es que alguna vez la hemos tenido del todo.

            La sensación de la llegada a la jubilación es tan traumatizante, como la de viajar en un tren del que nos apeáramos distraídamente en una estación de la que no conocemos ni siquiera el nombre. La burocracia administrativa está al acecho de los que llegan a tan señalado momento, para complicarles su nueva vida. Tienes que demostrar que no trabajas y porqué, si te has ido de tu empresa o te han echado, si por las buenas o por las malas, si de verdad has trabajado y cotizado todo lo que dices, etc.

            A lo largo de nuestras vidas todos hemos pasado unas cuantas veces por el vía crucis del papeleo y de la burocracia, y mal que bien, hemos salido indemnes de la experiencia, e incluso en ocasiones hemos conseguido de la Administración lo que nos proponíamos (¡los hay con suerte!) Pero no es lo mismo lidiar en las ventanillas municipales, regionales o estatales con la dinámica de los joviales treinta años, que con la pachorra de los sesenta cumplidos, cuando pretendes normalizar tu nueva vida de jubilado, a la que paradójicamente, has arribado sin darte cuenta.

            Ahora que tienes tiempo libre a cualquier hora del día, te das un “garbeiyo” por el Retiro o por el parque que tengas más a mano, y descubres que los niños que aún no están en edad escolar, es decir los bebés, van todos en cochecitos de tracción animal llamada “abuelo”. Ese ejemplar humano es además polivalente y omnipresente, ya que le verás hacer de todo y en todos los sitios, siempre que se huela u oiga a niños cerca.     Al abuelo de nuestros días le verás desesperado buscando el chupete para calmar el berreo del nietecito, sin percatarse de que lo tiene debajo del zapato, bien rebozado en arena; observarás cómo intenta perseguir a dos o más criaturas que, inocente o malévolamente, se alejan de él en direcciones apuestas; percibirás sus desesperación cuando pretende encontrar la botellita de agua en la red que cuelga tras el respaldo del Jané, mientras farfulla algo de la madre de las criaturas a su cargo, olvidando que esa madre es su propia hija.

            Los niños de ahora disfrutan de los padres a plazos, y no muy largos, de lunes a viernes, ya que ambos cónyuges se deben a los respectivos trabajos que han de sustentar la supervivencia de la familia. Padres e hijos se ven, si es que se ven, por la mañana temprano cuando los sacan de la cuna-cama para largárselos al abuelo, quien los recibe amorosamente todavía dormidos. Por la tarde, el primero de la pareja que termine el tajo, relevará al sacrosanto abuelo de las bienamadas criaturitas con las que Dios ha tenido a bien premiar su incipiente jubilación. ¡Alabado sea Dios por esas y otras mercedes!

            Y así, unos y otros, derrochando amor y paciencia, conforman el nuevo “modus vivendi” familiar de nuestra era. Pero los nietos no sólo son los hijos de nuestros hijos, sino que son “dos veces nuestros hijos”, según un proverbio japonés (este es japonés, todos los demás son chinos) Eso se traduce en que la responsabilidad del abuelo se desborda lo mires por donde lo mires.

            Hace unos días me llevé un susto de muerte. Acudí a un enorme parque que hay cerca de mi casa, siempre rebosante de niños, y observé que los cuidadores de esa miríada de traviesos eran jóvenes de ambos sexos, calzando entre veinte y treinta años de edad. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Dónde estaban los sacrificados y beneméritos abuelos? De pronto caí en la cuenta y respiré tranquilo, ese día era domingo y los padres, exentos del castigo divino de trabajar, habían vuelto a cuidar de su camada como manda la naturaleza. Fue bonito ver ese reencuentro entre las criaturas y sus hacedores, aunque bien efímero, porque al día siguiente una nueva pléyade de abuelos acudiría a sustituirlos hasta donde fuera necesario.

            Los niños son muy inteligentes, y perciben inmediatamente que del abuelo se puede conseguir todo porque en su vocabulario no existe la palabra “NO”, y si existe, es con minúscula y en redondilla. Los nietos ven al abuelo como un blando cojín, con el que jugar, en el que refugiarse cuando los padres les amenazan levantando la voz, y donde echarse a dormir cuando la fatiga acaba venciéndoles.

            Si el abuelo tiene buena mano (y suerte, ¡mucha suerte!), y consigue compincharse con sus nietos, acabará disfrutando como si tuviera su edad, aunque esa atípica camaradería atraiga a veces el recelo o la envidia de sus padres. La experiencia es inenarrable, y cada abuelo la cuenta de una forma, pero yo la resumo en el conmovedor estremecimiento que sacude mi cuerpo cuando, al despedirme para volver a mi casa, mi nietecita Ana me dice: “Abuelo, yo quiero irme con tú.”

Derrochador Espacio

Octubre 30th, 2008


¡Pan para todos!

¡Inventemos, que algo queda!

Me lo han preguntado tantas veces, que ya no sé que cara poner cuando contesto. ¿No sería mejor gastar toda esa fortuna que se lleva la investigación espacial en dar de comer a la gente? Indudablemente, quien eso pregunta, no tiene ni idea de los puestos de trabajo que la investigación espacial mantiene, ni de los excelentes resultados de los que nos beneficiamos todos, incluida la reducción de la hambruna, penosa lacra de la Humanidad.
No son del dominio público, y lo debieran ser, las incontables mercedes que la Era Espacial ha venido vertiendo desde 1957 sobre nuestras vidas. En el desarrollo de la investigación espacial, se ha dado una circunstancia muy peculiar, la de que conocida una dificultad se procediera a soslayarla o eliminarla, inventando el adminículo adecuado. Así en las primeras comunicaciones con los satélites, los equipos transmisores y receptores de tierra contaban con aquellas voluminosas lámparas, llamadas también válvulas, refrigeradas por aire e incluso por agua, que consumían amperios al por mayor, mientras que los satélites llevaron desde el primer momento los escuálidos transistores, que por color, tamaño y forma parecían auténticas onzas de chocolate.
La presencia del hombre fuera de su protegido hábitat terrestre, ha exigido el desarrollo de trajes y escafandras específicos que le permitieran soportar drásticos cambios de temperatura, como los de la superficie lunar donde el sol achicharra durante el día con 123º centígrados, mientras que por la noche el termómetro desciende a 233º bajo cero. No es un capricho el que los trajes lleven siete capas de diferentes tejidos para evitar los letales rayos gamma, “x” y ultravioleta, amén de los posibles micrometeoritos que se crucen en su camino, aunque con éstos es mejor que no tropiecen.
¿Se le ha ocurrido a alguien pensar que los conocidos “dodotis” y demás variantes de pañales higiénicos han sido inventados para que los lleven los astronautas durante horas y horas, en sus viajes o durante sus paseos fuera de la nave? En una ocasión, el astronauta Charles E. Brady, que voló en la Columbia (STS-78) en el verano de 1996, me comentó con detalle lo engorroso que es embutirse en el traje espacial, empleando por término medio una hora y cuarenta y cinco minutos, y con la ayuda imprescindible de otro colega, y a ser posible de dos. No hace falta decir que si después de tal operación llega un apretón, solo un pañal de características muy concretas puede sacarle a él y a la misión del apuro. Había que inventar el ”dodotis”, y se inventó.
La medicina y la salud han demandado un magno esfuerzo de nueva creatividad para superar incontables problemas, y así podemos contar ahora con la telemedicina, los sistemas para la detección de cáncer, leucemia o células embrionarias, y los sensores microscópicos.
En el Espacio se necesita una determinada cantidad de energía eléctrica para que todo lo que sube allí pueda funcionar. Para ello ha habido que desarrollar los paneles solares o las baterías de hidrógeno, que ahora nos brindan aquí “abajo” medios de transporte limpios y sin contaminación. ¿Puede alguien concebir no disponer de teléfono móvil? ¿Se le ha ocurrido pensar cómo se ha llegado a esa técnica tan avanzada?
Otro buen ejemplo son los sistemas utilizados para algo tan cotidiano como el control del tele peaje en las autopistas, o las múltiples posibilidades que nos brinda el sistema Internet para contratar servicios, hacer gestiones bancarias, reservas de billetes, o compra-venta a gentes de otros continentes, y así un interminable etcétera.
Si nos referimos al ámbito industrial, el Espacio es una fuente continuada de nuevos materiales como los cerámicos, capaces de soportar las temperaturas extremas de la reentrada en la atmósfera de los ingenios espaciales. Son materiales que, por ejemplo, se utilizan para fabricar los frenos de los automóviles de competición de “Fórmula 1” o los aislantes de los tubos de escape. Raro es la vajilla que metemos en el horno o en el microondas, que no haya sido fabricado para las necesidades astronáuticas. Y hablando de microondas, que sepan las amas de casa y los “amos de casa”, que tan cómodo menaje también es fruto espacial.
En cuanto a los nuevos materiales, destacan los derivados de la fibra de carbono, cuyo empleo para tablas de surf y esquí, las pértigas de salto de altura, o las jabalinas olímpicas, han revolucionado las prestaciones de esos deportes.
No podemos olvidar tampoco las técnicas de diseño aerodinámico empleadas en los vehículos espaciales, que han permitido mejorar la línea de las embarcaciones marinas y la vela deportiva.
Para no extenderme más, concluiré hablando de la aplicación en sistemas que mejoran la seguridad de las personas, como los airbags, que ahora llevan todos los automóviles, los frenos ABS, la detección de la contaminación de los océanos, la predicción de desastres naturales mediante los satélites de observación de la Tierra, el correcto proceso del curado de los jamones (¡hasta eso hemos llegado!), o los novedosos GPS que ahora llevamos todos en el coche o en el bolsillo, y que no sabemos circular sin ellos.
Los experimentos botánicos para mejorar y enriquecer el crecimiento de plantas en condiciones extremas como la de la ausencia de agua, que es lo habitual en las zonas de hambruna, son una de las prioridades en la larga lista de experimentos que se han desarrollado en ingravidez durante décadas, y que se continúan estudiando en la Estación Espacial Internacional que orbita la Tierra cada hora y media. Ese costosísimo esfuerzo internacional es más que loable, y es una pena que no se le de la publicidad adecuada para acallar esos comentarios baratos de andar por casa como el que ha iniciado y motivado este escrito.

El hombre es un lobo para el hombre

Octubre 16th, 2008


¡Que viene el lobo!

¡Que viene el lobo!

         

          Quizás sea mi ascendencia gallega la que me legó el atávico miedo al lobo (el  canis lupus de nuestros añejos libros de gramática latina), y por ende a su primo el perro, que en latín se llama muy parecido: canis lupus familiaris, lo que demuestra que el perro, por muy doméstico que sea, sigue siendo lupus, digan lo que digan sus amos. Además, para recordárnoslo están las frecuentes noticias en prensa de esos angelicales y mansos animalitos comiéndose a sus dueños, bien sean tiernos niños, terciaditos adultos o incluso correosos ancianos. Cuando al canis le sale la vena lupus, muerde, y si puede mata, que para eso le ha dado Dios esos colmillos que infunden miedo al miedo.

          Mi hija Julia, ya señora casada, me ha sobrepasado en el recelo a los cánidos. Lo de ella es pavor, bien sean mastines, bien repelentes chihuahuas, como aquella menudencia que llevaba Xavier Cugat siempre debajo del sobaco mientras se comía con la mirada a su mazizorra esposa Abbe Lane. ¡Ah, quien no ha soñado alguna vez con Abbe Lane cuando bailaba la rumba en aquellas insulsas películas de Hollywood de los años 50!

          Pero volvamos al lobo, que es quien nos ha traído aquí. Mi padre, celta puro, con sus 98 años sigue narrándome con todo detalle, no exento de inquietud, sus experiencias en monte abierto allá en su juventud, con el protagonista de este escrito. El nació y correteó por la sierra de Meira, donde brota de la nada el río Miño, en bellísimos parajes que han permanecidos inalterados desde la Creación, hasta que el fuego del hombre (¿debo decir también y la mujer, señora ministra de la igualdad?) ha iniciado lo que ya sabemos es uno de los avisos del Apocalipsis bíblico.

          En aquellos albores del siglo XX (¿Quién se acuerda ya del siglo XX?), en Galicia no había más caminos que trochas, desfiladeros, laberínticas veredas y algunos pocos de herradura, todo ello incrustado en la densísima foresta, que impedía ver nada en derredor a escasos centímetros. Y eso con la tímida luz diurna que permitían las copiosas lluvias y el endémico orvallo, porque al anochecer los molinos se convertían en perversos gigantes y la oscuridad era “boca de lobo”. ¿Para qué decir más?

          Había que estar muy necesitado para arriesgarse a cruzar el monte sólo, por lo que los paisanos se ponían de acuerdo para salir en grupos determinado día y a determinada hora, para hacer sus compras, cambiar productos de la tierra, recoger medicinas de la botica, o hacer gestiones en la aldea o localidad que estaba al otro lado de la sierra.

          Quienes tienen perros y llevan orgullosos sus fotos en la cartera, aseguran con deleitación que sus animales son inteligentísimos, y si ellos se lo creen, tendrán que aceptar también que el lobo lo es mucho más, entre otras cosas porque su raza es la madre de todos los cánidos presentes en nuestro planeta. Bueno, pues ese carnívoro sabe muy bien que el hombre es una pieza de carne nada desdeñable, pero también sabe que es más grande que él –aunque menos fiero-, y que tiene sus mañas y se vale de unos extraños artilugios con los que le puede hacer daño, léase hoces, guadañas, horcas, por no hablar de las bienhechoras escopetas, que llegaron mucho después.

          Antes de que el hombre (¡perdón otra vez señora ministra!) se inventara el eslogan del divide y vencerás, los lobos ya se habían percatado justamente de lo contrario, es decir, del de la unión hace la fuerza, y se inventaron el atacar en manada. El lobo macho jefe (¡señora ministra…!) decidió que la familia (camada) tenía que estar a las duras y a las maduras, y si querían comer tenían que ganárselo atacando juntos, el padre, la madre, y los lobatos, porque todos tenían colmillos y todos tenían hambre.

          Y así el rey de la creación –que no sé donde lo he leído, y desde luego que no se entere la señora ministra-, pasó a estado de grave inferioridad cada vez que se las veía sólo por el monte. Pero cuando el hambre acucia, los devoradores se hacen más temerarios y llegan a salir a cielo abierto a merendarse unas cuantas ovejitas por más que el pastor grite, arroje piedras con la honda y mande el perro a que se lo hagan trizas sus primos hermanos los lupus.

          Mi padre vivió de niño varias experiencias por estar al cuidado de las reses de varios vecinos de su aldea. Ahora, casi centenario, recuerda con toda pasión cómo las vacas y bueyes al aliento del lobo, se cerraban en círculo juntando las ancas hacia dentro y mostraban la cornamenta hacia fuera, en una táctica desesperada para repeler a aquellas alimañas. Cuando el número de reses superaba la decena, conseguían presentar un muro de cuernos nada desdeñable, que dejaba muy poco resquicio a los lobos para hincar el diente, y tras varias dentelladas superficiales, acaban alejándose –alguno con las tripas fuera-, tras recibir un pinchazo bien dado.

          Si las reses eran pocas, y los lobos muchos, el pobre pastor no tenía más salida que huir para salvar la vida, y gritar desesperado prado abajo ¡O lobo! ¡O lobo!

          En el cuento de Caperucita Roja, el narrador radiofónico decía: “El lobo, que es muy astuto, deja el sendero, coge el atajo, y llega a la casa sin gran trabajo (la casa de la abuelita, claro) Y efectivamente la astucia del lobo le llevaba, y le lleva, a elegir los desprotegidos rebaños de ovejas donde los animales se limitan a balar y formar una masa compacta a la espera de que la dentellada se la lleve otro congénere.

          Lo triste es que este hecho está ocurriendo ahora, hoy mismo, y con la anuencia del Gobierno, aunque parezca increíble. Y me explico. En los Picos de Europa, es secular la presencia de grandes rebaños ovinos al cuidado de sus pastores y mastines, y mal que bien éstos han venido aceptando con resignación que el lobo se llevara de vez en cuando en sus fauces algún que otro corderito. Pero ¡héteme aquí! que los mandamases de turno han optado –con la fuerza que les da la ley-, por la supervivencia de un peligroso animal, el lobo, frente a la del ser humano.

          Por si sirve para algo, me permito recordarles aquí este versículo del Génesis: “Díjose entonces Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, para que domine sobre los ganados y sobre todas las bestias de la tierra y sobre cuantos animales se mueven sobre ella”.

          Bueno, pues en los Picos de Europa se ha decidido lo contrario, que sean las bestias –en este caso los canis lupus-, quienes dominen sobre los hombres y los tengan atemorizados, y si se defienden para impedir una matanza de 14 ovejas, como una ocurrida no ha mucho en una sola razzia, que el pastor sea castigado además con una importante multa, o pena de cárcel si no tiene para pagarla. ¿Se ha parado alguien a pensar que precisamente los pastores se hallan en ese estado de penuria porque el Gobierno les ha enviado más camadas de lobos, porque son “especie protegida”? ¿Quién es el sagaz peñas arriba (que diría José Mª de Pereda) que ha ordenado emplear helicópteros para alimentar a las alimañas, y no hace lo propio con los humanos cuando se hallan aislados por la nieve y no tienen ni leña para hacer fuego, ni comida para echar en él?

          ¿Pero es que nos hemos vuelto todos gilipois, como decía el ínclito Tip? Nerón, Calígula, y otros emperadores-verdugo romanos, echaban a los cristianos a los leones, y ahora veinte siglos después, sus émulos en el poder, al no disponer de leones en España, echan a sus paisanos a los lobos. ¡Han hecho verdad el dicho de que el hombre es un lobo para el hombre!

 

 

           

Lo trágico puede ser cómico

Octubre 10th, 2008


Anuncio de corrida de toros en Yerevan
Tarde de toros en… Asia.-

Por el aquel de la filatelia, en 2001 aterricé en un país tan lejano como desconocido, y viceversa, que se llama Armenia. Se conmemoraba entonces el 1.700º aniversario de la adopción del Cristianismo como religión oficial del Estado, motivo por el cual esperaban en breve nada menos que a SS el Papa Juan Pablo II.
Cuando salí a descubrir las grandes avenidas y estrechas callejuelas de Yerevan, la capital de Armenia, me sorprendió encontrarlas engalanadas con cientos de cartelones, pancartas y banderolas con el fondo de la bandera española, anunciando tres corridas tres de toros españoles, por primera vez en la historia de Armenia. (Ver foto adjunta)
No sé porqué me han venido ahora a la memoria aquellos fastos, pero no me resisto a contarlos, porque me dieron ocasión para vivir situaciones que jamás pensé que se pudieran dar. En cierta forma lo vivido en Yereván, me recuerda aquellas películas cómicas del cine mudo que hicieron las delicias de varias generaciones, entre ellas la mía.
Ignoro de quien fue la idea de incluir corridas de toros entre los actos a celebrar, teniendo en cuenta el natural desconocimiento que tienen los armenios sobre nosotros, por no decir el que tenemos nosotros sobre ellos. Pero en fin, así lo tenían organizado cuando yo llegué, así lo viví y así lo voy a contar.
Los toros a lidiarse fueron llevados de España, eran ibéricos de pura cepa y, como tales, de impresionante fachada, lo que suscitó la temprana admiración del respetable del lugar (armenio, ¡claro!) La intención de los organizadores era la de calcar nuestra llamada fiesta nacional en todos sus detalles, excepto en la suerte suprema, ya que los protagonistas bovinos debían quedar con vida. La idea era buena, pero como dice el refrán: zapatero a tus zapatos, y pasó lo que tenía que pasar.
Evidentemente, en Armenia no había un coso taurino ni cosa que se le pareciera, ni siquiera unas ruinas arqueológicas -que las hay por docenas-, que pudieran servir al uso. Si el refranero armenio se parece al español, es posible que algún responsable local pensara que a falta de pan…bueno es un estadio de futbol, y allá que fueron a parar los veinte astados hispanos, a la espera de su debut allende las estepas caucasianas.
El sol de Yerevan no tiene nada que envidiar al de Écija, pongo por ejemplo, razón por la que se decidió no torrar innecesariamente al respetable, y anunciaron el comienzo del espectáculo nada más declinar el Lorenzo, que insisto, allí luce sus mejores galas, como he comprobado en mi propia carne.
Visto así todo parecía muy razonable, pero… por diferentes razones (ajenas a la Empresa, se diría aquí), los clarines no sonaron hasta que ya el día había agonizado, lo que exigió el encendido de las cuatro gigantescas torres preñadas de bombillones de mogollón de vatios, que dejaban ciego a cualquiera que levantara la mirada del suelo.
Cuando en España le abren el cajón al toro, y tras él el toril, el animal sale hecho una exhalación huyendo de la oscuridad total, con el reclamo de la luz que ve al fondo del callejón. Los espectadores -que no aficionados-, del estadio de Yerevan no se explicaban porqué un toro, con pedigrí de bravura española, se negaba a salir al ruedo, máxime cuando las luces le indicaban bien claramente el camino. Claro, que el astado no es un humano que pueda pensar que va salir a lucirse en la Pasarela del Sol, bajo un chorro de kilovatios, ante un público expectante.
Con movido ajetreo de golpeteos e interjecciones de ¡Eje toro! ¡Aja toro!, pero en lengua armenia, claro, que es más exótica, el primer astado se arriesgó a asomar la jeta, lo hizo con toda discreción, adentrándose pasito a paso en aquella galaxia luminiscente que le hacía polvo las retinas. Yo eché en falta aquel tradicional trotecillo altanero de nuestros toros sobre la fina arena, pero como allí era todo tan diferente… Ni el trapío ni el poder adornaron aquellas salidas al ruedo (por llamarlo de alguna forma), que para más INRI, acabaron ofreciendo el lánguido espectáculo de los bichos pastando una –al parecer jugosísima-, hierba bien regada y nutrida, segada al ras, y abundante en demasía. Así que cuando el toro consideró que ya había comido bastante, salió de exploración por el estadio, posiblemente buscando un abrevadero, y como no lo encontró, optó por ir a saludar in situ al respetable, saltando a los graderíos.
Como es de imaginar, aquel festejo acabó como el rosario de la aurora (a fin de cuentas, los armenios son cristianos creyentes), con las multitudes abandonando el estadio con toda premura, y no todos por las puertas, como pude observar, mientras el heredero de los Mihura se daba un garbeillo turístico por las calles y campos de la capital, con un salero y un brío que no había podido demostrar en el estadio.
Fue paradójico que la premisa gubernativa armenia, de que ninguno de los toros españoles habría de morir (tal cual hacen en nuestros ruedos), no se pudiera cumplir, al menos con ese toro de la primera corrida con apetencias turísticas. Las Fuerzas de orden público locales tuvieron que dar caza y captura al locuelo astado que tenía en un hilo a la población. Y ahí sí pudo demostrar por fin su casta e hidalguía, porque fueron necesarios nada menos que doce balazos para acabar con su vida, eso sí, sin darle ninguna oportunidad de dar algún revuelco o incluso una buena cornada en la femoral al matador de turno.
En fin, un inesperado espectáculo trágico-cómico, pienso que irrepetible, por las circunstancias, por el lugar y por el hecho de que yo estuviera allí para verlo y poder ahora contarlo. Sin duda se hablará durante mucho tiempo en Yerevan de las corridas de toros españolas, aunque sigan sin saber cómo son.

¿Dónde iremos?

Octubre 7th, 2008


Al principio Dios hizo... (Génesis)

Nuestra última morada.-

 

            Los casi 40 años que he dedicado a la NASA y a sus múltiples programas espaciales, me han cargado la mochila –la mochila de la vida-, con un cúmulo de vivencias que ahora, en mi reciente jubilación me están aportando muy gratos momentos de satisfacción por el simple hecho de recordarlas.

            Desde un principio fui previsor e inicié un diario que será el bastón donde apoyarme cada vez que la memoria tire la toalla y me deje en la estacada, lo que puede ocurrir en cualquier momento.

            Repasando mis apuntes de aquí y de allá me he ido tropezando con frases y comentarios que en algún momento he oído a los astronautas cuando andaban por esos cielos de Dios, y que me consta no son del dominio público, por lo que deseo compartir con todo aquel que me lea.

            La experiencia sublime de zambullirse en el océano cósmico, fuera del filtro de nuestra atmósfera, y contemplar nuestro planeta-cuna empequeñecerse por momentos-, hace brotar en el hombre sentimientos líricos, teológicos, poéticos, filosóficos, humanos, y sobre todo morriñosos y tiernos. Así me lo narraron personalmente a veces, o se lo he oído cuando nos contaban emocionados sus sensaciones a quienes les cuidábamos desde la Estación de Seguimiento de Madrid.

            En la Navidad de 1968, tres hombres veían por primera vez la cara oculta de la Luna. Iban a bordo de la nave Apollo VIII, y sus nombres eran: Frank Borman, Jim Lovell y William Anders. Al terminar de pasar por la cara oculta de la Luna, levantaron la vista y vieron una especie de amanecer, pero el cuerpo celeste que se levantaba sobre el horizonte de la escarpada Luna, no era otro que nuestro aparentemente tranquilo Planeta Azul. Un objeto que aportaba la única nota de color entre el negro espacio exterior y los grises tonos de la superficie lunar.

            De repente les inundó una sensación de fragilidad y delicadeza, apoderándose de ellos una idea: “Hemos venido hasta la Luna y sin embargo lo mas importante que estamos viendo es nuestro propio planeta Tierra”.

            Aunque su misión consistía en fotografiar la superficie lunar, los tres astronautas se centraron en la Tierra y tomaron las famosas fotos que proporcionaron a la humanidad la primera imagen de nuestro hogar, tal y como es, saliendo de la nada.

            Esta foto dio a entender a la humanidad y a sus líderes políticos que estamos todos juntos en un planeta diminuto, y que deberíamos tratarlo mucho mejor porque de lo contrario no estaremos aquí mucho tiempo.

            Era Nochebuena y la NASA tenía preparada una retransmisión televisiva en directo desde la Luna. Sería la mayor audiencia que hubiera escuchado jamás una voz humana. Las primeras palabras emitidas desde otro mundo, pero ¿qué podían decir? Entre aquellas impactantes imágenes de la Tierra emergiendo mágicamente, leyeron para toda la humanidad unas frases del Génesis:

            Estamos cerca de la Luna y la tripulación de la Apollo VIII tiene un mensaje para todos los habitantes de la Tierra: Al principio Dios creó el cielo y la Tierra. La Tierra estaba confusa y vacía y las tinieblas cubrían el haz del abismo, pero el espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas. Y dijo Dios, hágase la Luz, y hubo luz. Y Dios vio que era bueno, y la separó de las tinieblas… Y la tripulación de la Apollo VIII se despide con un buenas noches, buena suerte, ¡Feliz Navidad! y que Dios bendiga a todos los que estáis en la buena Tierra

            Algo después de dos años, en febrero de 1971, el coronel de las Fuerzas Aéreas y astronauta de los EE.UU. Stuart A. Roosa, también circunvaló la Luna pero pilotando el módulo de mando Kittyhawk, de la misión Apollo XIV. Durante las 34 vueltas que dio a nuestro satélite hizo cientos de fotografías preparatorias para las siguientes misiones Apollo, pero no se cansó de observar su planeta de origen, y pocas horas antes de recoger a sus compañeros Shepard y Mitchell que volvían de corretear por la superficie lunar, nos manifestó a los controladores que estábamos pendientes de su navegación en solitario: “Desde aquí lo que te impresiona es la miserable pequeñez de la Tierra.

            El veterano Alan B. Shepard, comandante del mismo vuelo de Roosa, era famoso por su carácter frío y duro. Era uno de los primeros siete astronautas elegidos por la NASA para el Proyecto Mercury. Fue el primer norteamericano en hacer un vuelo suborbital en 1961, en la cápsula Freedom 7: Durante las 33 horas que permaneció en nuestro satélite tuvo tiempo de pensar en el cuerpo celeste del que procedía, y nos hizo partícipes de la siguiente evocación, que no dejó de sorprendernos: “Si antes del vuelo, alguien me hubiese preguntado: ¿Vas a emocionarte al mirar la Tierra desde la Luna?, hubiese respondido: ¡No, imposible! Pero cuando miré por primera vez la Tierra desde la superficie de la Luna, me eché a llorar.”

            En 1976 tuve el honor de trabajar en equipo con el astronauta Gerald Carr, que tres años antes había sido el comandante del laboratorio espacial norteamericano Skylab 4, en el que permaneció 84 días estudiando nuestro planeta y su principal fuente de vida, el Sol. A mi pregunta obligada sobre sus sensaciones al ver la Tierra a 500 km de distancia, me dijo: “Desde el espacio no hay fronteras nacionales como en un mapa. Al estar aquí mirando hacia la Tierra, se pierde cualquier noción de nacionalismo o provincialismo.”

            Sigmund Jähn, de la antigua República Democrática Alemana, que en 1978 pasó ocho días en la estación orbital Salyut 6, y nos comentó a su regreso: “Antes de volar ya era consciente de lo pequeño y vulnerable que es nuestro planeta; pero sólo cuando lo vi desde el espacio, en toda su inefable belleza y fragilidad, comprendí que la tarea más urgente de la humanidad es protegerlo y preservarlo para futuras generaciones.”

            Valery Polyakov, cosmonauta ruso, que ostenta el record de permanencia continuada en el espacio, nada menos que 438 días: “Todos los cosmonautas que permanecen mucho tiempo en el espacio regresan a tierra con su sistema de valores cambiado. Mis sentimientos, ahora más humanistas, hace que me resulten inconcebibles las guerras…todo lo que sea agresión contra el ser humano o la naturaleza.”

            Ulf Merbold, alemán y primer astronauta representante de la Agencia Europea del Espacio (ESA). En 1983 formó parte de la tripulación de la lanzadera espacial Columbia en la misión STS-9, donde pasó diez días en el espacio: “Antes de aquel vuelo, yo veía a la Tierra como algo tan grande y masivo que me parecía invulnerable. Pero cuando sales al espacio en una nave que da una vuelta al mundo cada noventa minutos, piensas: qué pequeño es, qué frágil. Me pareció un planeta increíblemente bello.

            Taylor Gun-Jing Wang, chino-norteamericano, que estuvo siete días en el espacio en 1985, a bordo de la lanzadera Challenger, en el vuelo STS-51B: “Una leyenda china narra cómo unos hombres enviados para hacer daño a una joven, se convirtieron en sus protectores en vez de violadores, al comprobar su belleza. Así es como me sentí cuando vi la Tierra por primera vez. No puedo evitar amarla ni protegerla.”

            El piloto de la NASA, Donald E. Williams, que hizo su primer vuelo en 1985 en la lanzadera espacial Discovery (STS-51D): “Para aquellos que han visto la Tierra desde el espacio, y para los cientos y quizás los miles que la verán, la experiencia cambiará seguro vuestras perspectivas. Las cosas que nosotros compartimos en nuestro mundo son mucho más valiosas que las que nos dividen.”

            Príncipe Sultán Salman Al-Saud, astronauta de la Arabia Saudita, que voló en 1985 en la lanzadera Discovery, misión STS-51G: “Hacia el primer día, todos señalábamos nuestros países. Hacia el tercero o cuarto, señalábamos a nuestros continentes. Para el quinto día, ya éramos conscientes de que sólo hay una Tierra.”

            Podría seguir extrayendo de mis notas de recuerdos y archivos, bastantes más  pensamientos emocionados como los reproducidos aquí, pero creo que la diversidad de sensaciones expresadas por sus autores nos da un buen ejemplo de sentimientos altamente dignos, y una conclusión colectiva: Todos navegamos en una misma nave celestial, pequeña y frágil que llamamos Tierra; que es única, y no tenemos otra; que las fronteras entre naciones son algo artificial, que todos formamos parte de un mismo pueblo; que todos y cada uno de nosotros estamos construyendo el destino final de la Humanidad; que la actuación de cada persona le afecta no sólo a él, sino al resto y a ese destino común.

           

Los lunes incultos

Septiembre 16th, 2008


Cartón de Goya ¿Por qué?

Goya sí era imparcial

 

            Los lunes son días muertos para la cultura. El pasado lunes día 15, por ser mi cumpleaños, decidí cultivarme un poco más y me programé para zambullirme en un buen museo por la mañana, y rematar la jornada viendo una buena obra de teatro. Pues ni lo uno ni lo otro. Simplemente porque era lunes.

            Alguien me dijo que es una normativa europea, y siempre que te dicen eso te quedas en blanco y te resignas porque no sabes qué responder o de quién quejarte. En mi infancia sólo los churreros y las rotativas descansaban los lunes, con lo que el primer día de la semana, amén de tener la obligación de volver al colegio o a trabajar, según la edad, era un día especialmente triste y desangelado.

            Mi madre me recitaba un viejo dicho –que he sido capaz de recordar 60 años después-, que retrataba muy bien el diferente ánimo con que los trabajadores veían pasar los días de la semana y la disculpa para no rendir como mandaban los cánones. Decía así: Lunes… galbana; martes… malagana; miércoles… tormenta; jueves… malacuenta; viernes… torrija; sábado… cobrar; y domingo…¡a descansar!

            Pero volvamos al genial Goya y Lucientes, que encabeza esta reflexión. Como los milagros siguen dándose, digan lo que digan los agnósticos, encontré un museo abierto, y además un muy buen museo de gran solera, donde enriquecer mis ojos y mi mente, el Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, que está en la calle de Alcalá a dos pasos de la Puerta del Sol, donde a diario cientos de turistas de dentro y de fuera se empeñan en pisotear el Km 0 porque dicen que así volverán a Madrid (¿)

            Dos enormes cartelones colgando de la fachada anunciaban la exposición “Goya, cronista de todas las guerras, los desastres y la fotografía de guerra.” Naturalmente todo lo que huele a Goya es bueno y sugerente, pero también debo reconocer que el largo título llamó poderosamente mi atención y allá que me metí con mi esposa.

            No seré yo quien a estas alturas descubra las maravillas de los grabados de Goya, y máxime los ahora en boga sobre las animaladas que los gabachos de Napoleón hicieron en nuestra tierra y a nuestro pueblo hace doscientos años. Me guardo las manidas expresiones como terroríficas, impactantes, crueles, desgarradoras, sanguinarias, y así un largo etcétera. Por más veces que veas esos grabados y aguafuertes, siempre te sobrecogerán el ánimo y te obligarán a retirarte un paso atrás para reponerte del shock y tomar aire de nuevo. Goya es mucho Goya.

            En cambio, el relleno de la exposición con fotografías en blanco y negro (algunas coloreadas falsamente), nos recuerda que la evolución de la fotografía ha ido emparejada a multitud de guerras en las que el nuevo ingenio encontró un buen campo –el de batalla-, para acreditarse sobradamente ante la posteridad.

            Pero, (hay un pero), la aportación de imágenes de nuestra última guerra civil (me refiero a la de 1936), que calculo en más de cien, vuelve a caer en la tentación de hablar de una sóla de las dos Españas que se estuvieron matando entre sí durante mil terribles días. Llevo más de 30 años estudiando aquella guerra, y miles de horas de investigación archivística y documental, y esa constancia me permite identificar muchísimas fotos como si las hubiera hecho yo mismo.

            Los organizadores de la exposición no se han preocupado en ponerle pie a las fotos, algo que siempre deja al visitante con mal sabor de boca, y baja el listón de la calidad del indudable esfuerzo desarrollado, pero a los historiadores no se nos escapa que al rato de analizar las fotografías elegidas, te das cuenta que sólo son los soldados del Ejército Popular los que aparecen una y otra vez, incluidos los Internacionales, naturalmente.

            Un texto complementario escrito en la pared con grandes caracteres, advierte que las fotografías pertenecen al archivo de la Biblioteca Nacional (unas 27.000), de donde han sido seleccionadas las allí expuestas. Yo he pasado semanas repasando ese archivo de fotos y puedo garantizar que ambas Españas estaban allí presentes, y ambos Ejércitos, y las dos trincheras en los frentes de guerra, y los efectos de los bombardeos de unos y otros. ¿Quién, cómo y por qué ha escogido únicamente las instantáneas de uno de los bandos? ¿Seguimos dale que dale con lo de la llamada Memoria Histórica, que mejor se debiera llamar Media Histórica, porque solo nos cuenta una muy particular y tendenciosa mitad de lo que realmente pasó?

            Al final es Goya quien da la lección en el conjunto de la exposición, poniendo la balanza en su sitio con sus bocetos desgarradores. Sus dibujos acusan las atrocidades de los invasores franceses, pero no deja de recordar el resultado de la furia española sobre el gabacho, tantas veces contenida e impotente, con una violencia y saña que pone los pelos de punta. Ambos contendientes están presentes, ambos denunciados en medio del horror, ambos inhumanos, pero siempre ambos.

            Me quedo con la Memoria Histórica de don Francisco de Goya y Lucientes, porque él sí quiso dejar grabado para el conocimiento de las generaciones venideras la verdad absoluta, sin amaños ni disfraces, de la guerra que a él le tocó vivir, la de la Independencia.

 

Reencuentro con un amigo

Septiembre 7th, 2008

Ayer fue el aniversario de Javier.-

            Berta, la hija de mi buen amigo Javier Muñoz, me ha invitado a una reunión cuasi familiar para recordar a su padre, que hace ahora un año que nos dejó para siempre. Los que ya tenemos más de medio siglo de edad con propina, no sabemos ubicar el tiempo en su justa medida. Cualquier hecho nos parece muy próximo o muy distante, según parámetros que no podemos controlar. Para mí, Javier se fue hace escasas semanas a lo sumo, nunca meses, y dudosamente hubiese admitido el largo año de silencio que afirma Berta. Pero, ¿quién mejor que ella para saberlo?

            Es la primera vez que acudo a un aniversario familiar y amistoso de estas características, a cielo abierto, en la sierra de Madrid, saludando a personas a quienes jamás he visto antes, pero con las que sabes tienes en común algo impalpable, la ausencia-presencia de Javier.

            Javier se fue tan deprisa, que no me dio tiempo a asumir que su viaje era el definitivo, y además él se empecinó en que no le fuera a ver postrado, sabiéndose tocado de muerte. Hubiese sido muy duro, tanto para él como para mí, intentar mantener un coloquio forzado, conociendo que aquella visita era un adiós, lo disfrazáramos como lo disfrazáramos. Por eso, Javier una vez más tuvo razón, y respeté su sabia tozudez. Me costó mucho no desobedecerle, porque el primer sentimiento de cariño te impulsa a acudir presto para agarrarte a él e intentar impedir que se vaya, pero si se tiene que ir, que no lo haga ni en silencio ni en soledad, sino sintiéndose arropado y querido por quienes hemos compartido algo de su vida.

            Luego, cuando la parca se salió con la suya y arrastró consigo el genio y figura de Javier, cuando sólo dejó una imagen hierática rodeada de flores, conseguí mi momento de soledad con él, pero de soledad compartida, porque los dos volvíamos a estar frente a frente.  Le miraba a través de un cristal, como muchas veces en el trabajo, enclaustrado en su oficina prefabricada, pero esta vez no hubo guiños cruzando el vidrio en ambas direcciones, sino mi monólogo de única dirección. Repasé mentalmente con Javier algunas de nuestras vivencias de los últimos 40 años en la NASA. Me reí, y lloré, pero no estuve ni un momento sólo. Pude oír el eco de sus chistes, de sus ironías y de sus recuerdos de la infancia, tan próxima a la mía, cuando en nuestras largas vigilias laborales mirando y “escuchando” a la Luna, pasábamos horas hablando de nuestras correrías por el barrio, en aquel Madrid provinciano de la posguerra tardía.

            Berta propició con su convocatoria de ayer el que entre unos y otros fuéramos dibujando en el ambiente la figura de su padre. El calor anímico de los familiares y amigos allí presentes consiguió trasladar a Javier al centro del círculo, que inconscientemente habíamos ido abriendo para él. Y sabiéndole allí con nosotros, hablamos de él, y le leímos poesías, y removimos anécdotas, frases y gestos tan suyos, que llevaban claramente la “denominación de origen Javier”, y naturalmente nos emocionamos.

            De vuelta a casa, ya noche cerrada en la carretera, fui repasando con sabor agridulce aquellos momentos recientes, a la vez que pensaba en las palabras de mi amigo Luis, quien afectado como yo, me había dicho minutos antes: “Los homenajes hay que hacerlos en vida.”

            ¡Gracias Berta por habernos dejado estar con tu padre unos minutos más!