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En la patria de Drácula

Domingo, Agosto 24th, 2008


Busto de Drácula en Ibashora

            Una vez pateada Bucarest a conciencia, pensé que ya era hora de conocer el verdadero país que siempre se esconde más allá del feo horizonte de los edificios. A Rumania no se puede ir de weekend porque hay mucho que ver, así que este junio pasado, la he dedicado, para empezar, dos semanitas, y así otear sin prisa lo que fuera encontrando a mi paso.

            Mi mujer y yo cogimos carretera y manta, lo que es un decir, porque nos desplazamos en un monovolumen, como hace ahora todo el mundo, en el que pusimos proa a Transilvania, feudo del conde Drácula. ¿Por qué hacia allí? Pues porque era un capricho que yo tenía enquistado desde que Christopher Lee aterrorizó mi tierna pubertad, a finales de los 50 (del siglo XX, claro), encarnando fenomenalmente en una peli al terrorífico Príncipe de los Vampiros.

            Es curioso, a los rumanos no les gusta que se les pregunte sobre Drácula porque dicen que no tiene nada que ver con su país, y además que nunca existió. Yo aceptaría ese punto de vista si no viera la Ruta de Drácula en todas las agencias de viajes, o si no encontrara en los mercadillos y tiendas de souvenirs, multitud de chorraditas de todo pelaje reproduciendo la cara del susodicho conde, su puntiagudo castillo, las escenas más tenebrosas de Hollywood, camisetas horripilantes (razón por la cual no me compré ninguna, para no asustar a mis tiernos nietecitos), y así un interminable etcétera.    

            A fin de cuentas, Vlad Tepes el Empalador, fue un príncipe rumano defensor de su país y del cristianismo, al menos a su estilo. Para situarnos en el tiempo, diré que transcurría el siglo XV, y que en la vieja Piel de Toro, la Reina Isabel I de Castilla y Fernando V de Aragón, andaban muy atareados forjando la unidad de España, esa que ahora tantos se empeñan en desintegrar sin alterárseles una ceja.

            La historia de verdad nos dice que Vlad Dracula les hizo la vida imposible a los otomanos (turcos, para entendernos), que les tenía ojeriza porque le habían tenido prisionero, y que cuando consiguió escapar y hacerles frente, no pidió permiso a Amnesty Internacional para proceder contra ellos, simplemente se esmeró cuanto pudo, tal como indica su apodo. Fue llenando los montes de miles de estacas clavadas al suelo, con su turco ensartadito por semejante parte, en cada una de ellas. Fue un estilo de repoblación forestal a lo bestia, como habría dicho Gila. El caso es que aún hoy pensarlo pone los pelos de punta.

            Pero claro, una cosa es que Drácula fuese una bestia parda -bastante común, por cierto en aquellos tiempos del medievo-, y otra muy diferente el que se bebiera la sangre de sus enemigos, y no digamos ya el que se convirtiera en murciélago, ni se proclamase Príncipe de las Tinieblas, arrebatándole ese título al mismísimo Belcebú, que ese sí que es malo.

            La culpa de toda esta leyenda la tiene el escritor irlandés Bram Stoker, que conocedor por un amigo húngaro del historial tan ad hoc de Vlad Drácula, y que el mito del vampirismo tenía buen acomodo en las tradiciones de Transilvania, mezcló churras con merinas y se inventó un personaje noctámbulo, con grandes ojeras, cara pálida y que le iba un drinking muy especial. ¡Vamos, como los que yo veo con la litrona cuando paso de madrugada por el barrio de Chueca!

            El libro resultó un best seller a principios del siglo XX, según dicen es el más leído en lengua inglesa en todo el mundo, tras la Biblia y las obras de Shakespeare. ¡Qué cosas tienen los ingleses! Cuando el celuloide hizo su aparición, faltó tiempo para llevarlo a la pantalla y aterrorizarnos unas veces o hacernos reír otras, dependiendo de la profesionalidad del director de turno.

            Como el morbo es el morbo, yo en Rumania seguí los pasos de otros miles de turistas y me encaminé a su supuesto Castillo de Bran, cerca de Braşov en Transilvania, para ver si algo me recordaba al viejo Cristopher Lee que me aterrorizó cuando zagal. Y surgió la anécdota cuando me encontraba en una de las salas del incómodo y angosto castillo, cámara en ristre a punto de perpetuar el mobiliario, cuando inesperadamente se abrió una puerta disimulada justo enfrente de mi objetivo, apareciendo como un flash un ente vestido de negro, con una capa que le tenía que dar un calor horroroso, de tez blanca como la cal y los ojos rojos inyectados en sangre. Que conste que fue mi dedo el que disparó la cámara, porque yo me quedé parapléjico con la boca abierta, hasta que esbocé una sonrisa que fue el preludio de una buena carcajada. El caso es que tengo la foto, que he querido compartir con el lector. Por cierto la explicación a ese remedo vacilón de Drácula surgiendo de la oscuridad, la tiene el que una agencia de viajes había contratado a un actor para dar más ambiente a la visita. La foto adjunta habla por sí sola.

            A pesar de haber tenido ocasión de saludar al ínclito y nocherniego conde, persistimos en continuar la ruta programada, profundizando en los preciosos paisajes transilvanos, conformados por inmensas planicies salpicadas de orgullosos oteros. En uno de ellos encontramos, dominante y medieval la ciudad de Sighisoara, cuna del noble, –aunque despiadado-, Vlad Tepes.

            La original Sighisoara es una preciosa ciudad secular que rezuma sabor a historia. Las once torres aún intactas de las murallas, sus calles adoquinadas (que me recuerdan al Madrid de mi infancia), la Torre del Reloj, y naturalmente la casa en la vivió cuatro años el señor Drácula, y cuya placa en la fachada lo recuerda a los visitantes. Para suerte nuestra, el edificio es actualmente un restaurante, circunstancia que aprovechamos para degustar un par de platos típicos, que rematamos –nunca mejor dicho-, con un postre de helados variados al que habían bautizado –valga la irreverencia-, Drácula. El menú rezaba –perdón por la irreverencia otra vez-, que todos sus ingredientes eran de color rojo, a saber: grosellas, fresas, moras, arándanos y frambuesas, y para acompañar el conjunto, un vasito de sangre (¡) -bueno, eso decía la carta-. Ante la cara de asombro de mi esposa, la camarera nos aclaró que la tal sangre era un mosto espeso y dulzón elaborado de uva tinta local, sin nada que ver con los hematíes. Una foto, como la adjunta, vale más que mil palabras.

            Pero ¿qué es lo más me llamó la atención en toda la ruta de Drácula? Pues algo tan peculiar como el que las rejillas metálicas del alcantarillado de las calles donde en su día vivió y paseó el funesto conde, están fundidas en España, más concretamente, en Cataluña. No pude por menos que hacerles alguna foto, en la que se lee perfectamente: Fundición Dúctil Fábregas Igualada.¡Cosas veredes, amigo Sancho!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Visita a Bucarest 3ª parte

Jueves, Agosto 7th, 2008

           


Bucarest

Que no parezca que todo fue negativo en Bucarest, ni mucho menos. Su gente, por ejemplo es de lo más amable, y cuando por evidente ignorancia de su idioma, acabas dirigiéndote a ellos en español, te preguntan si eres italiano, al negárselo y confesarle la verdad, esbozan una sonrisa muy de agradecer. No sé porqué será. Quizás si yo fuera italiano no me gustaría esa sonrisa. En fin, a cada cual lo suyo.

            Dado el calor que he pasado –hemos pasado todos los que estuvimos en junio pasado en capital rumana-, y la necesidad de reponer constantemente líquido en nuestro desfallecido metabolismo, caímos en el bendito vicio de beber cerveza. ¿Hay algo mejor contra el calor? Pues los rumanos, tienen el buen gusto de que –tanto si pides cerveza de grifo, como si sólo la tienen en botella-, te la sirven en grandes copas heladas de 500 ml, es decir, medio litro para los que no quieran hacer cálculos aritméticos engorrosos. ¡Un hurra por ellos!

            Una de cal y otra de arena. Tras recorrerme el llamado “centro”, me paseé por los arrabales que encontré como los de cualquier otra gran capital europea, pero con una salvedad, la de los perros. Andando observé que había más perros sin dueño de los que a mí me gusta ver, pero como ellos y yo íbamos a lo nuestro, no le dí mayor importancia, al menos durante el día.

            Pero ¡héteme ahí que una atardecida salí a pasear con algunos amigos –afortunadamente éramos una decena-, cuando detectamos que los cánidos tendían a agruparse en jaurías y a molestar con magnífica exhibición de colmillos a quienes andábamos cerca de ellos. El eludirlos acelerando el paso, cambiando incluso de dirección no nos valió de nada, porque al final tuvimos que emprender un trote corto hacia el hotel del que habíamos salido, y ser salvados inesperadamente por un motorista que pasó junto a nosotros y atrajo con el ruido de su moto-cascajo la atención de los chuchos peludos y tiñosos que optaron por acercarse a morderle las pantorrillas todos a una.

            Jamás volvimos a salir de anochecida por aquellos lares, ya que ninguno llevábamos escopetas de posta, que hubiese sido lo ideal. Pero lo que me dejó patidifuso es que casi todos, por no decir todos aquellos desabridos canes, llevaban una ficha bien visible taladrada en la oreja, es decir que en algún momento un agente de la autoridad les había capturado, fichado, y ¡hala, a la calle! , a la caza del viandante timorato y despistado.

            Es un detalle por parte del Ayuntamiento –suponemos que es el culpable-, que gracias a su control, eficacia y dedicación puedas leer el letrerito que lleva en la oreja el animal que te está devorando. Al menos sabes que las fauces que están acabando contigo no son de un desconocido cualquiera.

(continuará)

Visita a Bucarest 2ª parte

Martes, Agosto 5th, 2008


Bucarest

Los taxis.-

Haber servicios públicos, los hay, pero si dispones de una cierta soltura económica, y cuando vas de turista no sueles mirar mucho la pela, pues optas por el taxi. Antiguamente, en España los temerarios, los “novios de la muerte” iban a la Legión, ahora en Rumania puedes tener una experiencia similar cogiendo un taxi.

Partiendo de la base de que el taxista te quiera coger a tí, que estando en parada de taxis, con cara de aburrimiento y prometiéndoles una larga y sustanciosa carrera, te dicen con todo descaro que no conocen el hotel al que quieres ir. Como se da el caso de que es un formidable edificio-complejo de 4 estrellas al que llegan docenas casi constantemente, tienes que optar por bajarte del taxi “renuente” y buscar uno a lazo, porque el resto de los de parada hacen causa común y se niegan a llevarte. Allá ellos.

Por fin se hace el milagro y se detiene uno que te acoge caritativamente. Ahí viene la auténtica odisea. Por alguna extraña razón, los taxistas de Bucarest llevan en la mano izquierda un teléfono móvil al rojo vivo, porque no paran de hablar por él. Los adelantamientos, las curvas y los frenazos son efectuados por un manco porque el móvil no lo sueltan nunca. La velocidad oscila entre los 80 y los 120Km/h, lo que en ciudad es un enorme riesgo, pero que parecen aceptar todos ellos sin alterar una ceja.

Pero sazonemos más la experiencia comentando que algunos (muchos aunque no todos), se presignan -y lo hacen tres veces-, cada vez que pasan por delante de una iglesia, que las hay a centenares. Ese es el momento cumbre, cuando tus ojos se van al volante y lo encuentran vacío. ¡Nadie conduce, porque el taxista es un señor muy especial que habla por teléfono y reza con las manos al mismo tiempo. y todo eso a unos 100km/h en ciudad.

Luego vienen los tranvías, que tiene sus railes para ellos solos. ¡Bueno, eso es lo que ellos y los ajenos al pais creíamos! Los taxistas para adelantar enfilan los railes dando saltos sobre las traviesas y el defectuoso adoquinado, y no se amilanan cuando ven venir el tranvía de frente, porque es este, cargado de viajeros el que tiene que detenerse brúscamente para que el taxislta vuelva en última instancia a la calzada.

Pero aún puede ser más entretenido si el taxi lleva en el frontal, junto al taxímetro un pequeño televisor en color con un serial o partido de futbol del máximo interés para el taxista. La reacción del viajero es instantánea, ya que el taxista no mira hacia delante porque el yelevisor atrae su atención, es el viajero quien se deja los ojos mirando hacia adelante, esperando el impacto súbito en cualquier momento.

¿Qué cómo cambian de marcha si llevan las manos ocupadas? Muy facil, pasan la mano izquierda con móvil y todo por encima de los muslos y por debajo del volante, y en una extraña contorsión rascan con alegría el embrague, mientras siguen hablando por el diabólico cacharro y presignándose, y todo a 100km/h.

Yo he sobrevivido a la experiencia, y por eso lo cuento. Supongo que otros no habrán podido hacerlo. R.I.P.

Visita a Bucarest. 1ª parte

Sábado, Agosto 2nd, 2008


Bucarest

¿Cómo podría yo retratar Bucarest para que quien me lea se haga una idea de cómo es?

Debo empezar diciendo que acabo de pasar allí dos semanas, dos muy calurosas semanas. Nada más llegar, sin deshacer maletas siquiera, atrapé un taxi a ciegas, y le pedí que me llevara al centro. Primer chasco, no hay centro o “downtown” que dicen los sajones. No hay una Puerta del Sol, o un “Picadilly” londinense, por poner un ejemplo, y como los mapas que llevábamos coincidían con el taxista, acabamos dándole la razón, y aceptamos que nos desembarcara donde buenamente quiso, en una gran avenida, que antes y después se cruzaba con otras avenidas de similar envergadura.

            Las larguísimas calles o avenidas, del estilo de la Castellana en Madrid, estaban delineadas por árboles a ambos lados, con sus vías de servicio, naturalmente repletas de coches, que para eso son. Los edificios eran en su mayor parte de rancio abolengo y prestigiosa apariencia, como algunos de los que adornan la Gran Vía madrileña. La diferencia entre unos y otros es que los de Bucarest están dejados de la mano de Dios, con fachadas descascarilladas, ausente la pintura y amenazantes cornisas. Es manifiesto que la capital de Rumanía ha vivido mejores momentos, pero desgraciadamente ya son historia.

            Cuando te lanzas a pasear, descubres rápidamente que las aceras no son para los peatones por dos razones: 1ª porque están salpicadas de agujeros y baches de variado diámetro y profundidad, que te obligan a mirar constantemente donde debes poner los pies tras cada zancada, es decir que no puedes arriesgarte a observar tu entorno, ni hacia donde vas, ni lo bello que pueda haber a tu alrededor. Y 2ª razón, porque los coches emplean las aceras para aparcar, y aprovechan tan bien el espacio que los peatones tienen forzosamente que bajar al asfalto, donde su vida pasa a valer menos que nada. He visto un automóvil perfectamente ubicado a la sombra debajo de una marquesina de un autobús, mientras los pacientes ciudadanos de a pie se arremolinaban bajo un cercano álamo huyendo del mordiente sol. Cuanto sentí no haber llevado la cámara conmigo en ese momento, porque la foto era de exposición.

 

            (Mañana más)

Mis amigos los astronautas

Viernes, Agosto 1st, 2008


Eugene A. Cernan, Commander, Apollo 17 salutes the flag

Hoy me ha dado por recordar unas palabras que el astronauta norteamericano Eugene Cernan pronunció desde la superficie de la Luna, al aterrizar en nuestro satélite con su nave Apollo XVII, en diciembre de 1972. Cernan dijo:”Quiero brindar este primer paso del Apollo XVII a todos aquellos que lo han hecho posible”.

Quienes en aquel momento le escuchamos, precisamente en Fresnedillas gracias a nuestra enorme antena, se lo agradecimos porque llevábamos meses preparándonos concienzudamente para conducirles por el buen camino hacia la vieja Selene. Aquellos fueron grandes momentos que será muy difícil olvidar. Nuestros nietos nos oirán contarlo una y mil veces. Es ley de vida.

El lince es más valioso que el ser humano

Viernes, Agosto 1st, 2008


Cabeza de lince

Ayer estrené pacífica y plácidamente el nuevo tramo de doble vía de la llamada carretera de los pantanos, desde Alcorcón hasta Navas del Rey (que los del lugar llaman “Las Casas”)

Llevaba 39 años haciéndolo ininterrumpidamente camino de mi trabajo en la Estación Espacial de Robledo de Chavela. Tantos años dan mucho de sí y proporcionan anécdotas y vivencias de todo tipo, pero las más endémicas han sido siempre las vidas que se han sido arrebatadas en los difíciles adelantamientos por el único y concurrido carril disponible. Yo personalmente recuerdo a seis compañeros que murieron trágicamente en dos accidentes, porque esa carretera (creo que es la 501), ser había quedado obsoleta dos décadas atrás debido al intenso tráfico que la inunda a diario.

Loado sea el Señor, que alguien con sentido común y la tozudez imprescindible jha seguido adelante con las obras, evitando así el chorreo de muertes que por frecuentes nos resultaban aburridas.

Pensar que las obras han estado paralizadas porque al parecer alguien ha venteado un posible rastro fecal de un lince, que nadie ha visto, y que con esa prueba en la mano haya podido detener unas obras que venían reclamando su conclusión cada vez que otra vida al volante se iba para siempre, pone los pelos de punta.

Se me ocurre pensar en que cuando el Imprerio Romano comenzó su red viaria en la Vía Apia, en Roma, para comunicar y comunicarse con un enorme imperio que desbordaba Europa, Africa y Asia Menor, hubiese surgido un “green” piándolas para interrumpir las obras porque había visto una avutarda, un faisan o yn colibrí en el entorno que podían ver alteradas sus costumbres por la polvareda y el escándalo de los esclavos de obras públicas, posiblemente habría acabado en los leones del circo Máximo, fuera cristiano o no.

Afortunadmente los ecologistas no se habían inventado aún, con lo que buena parte de los europeos fuimos civilizados, a la fuerza, pero civilizados por la Pax Romana. Nuestras raices culturales son romanas, como lo son nuestras leyes y nuestro idioma. Podemos estar orgullosos de ello. Hay en cambio otros pueblos, más concretamente en un pequeño rincón del norte de España, que alardean orgullosos de tener un huesecito más en la cabeza, un RH sanguineo diferente al resto de los mortales, y lo que es más grave, que nunca fueron romanizados. Ahora entiendo que su nivel de inteligencia se mida por el tamaño de las piedras que levantan o por troncos que tronchan a golpe de hacha.

Pero volviendo a la carretera de los pantanos, que sea en horabuena. Y mi agradecimiento a quien lo haya conseguido.