Archive for Noviembre, 2008

Parlanchines

Martes, Noviembre 11th, 2008


Micrófono peligroso

¿Y si pensamos antes hablar?

Ese debería ser el proceso del ser humano, que para eso se distingue del resto de los animales de la Creación, por su capacidad de ejercer ambas acciones: pensar y hablar. De esas dos funciones, la primera, la de pensar, es la asignatura más difícil, en la que muy pocos sacan un sobresaliente, y sí muchos un suspenso con chorreras. Claro, que uno puede pensar mucho y bien para sus adentros, pero si no lo exterioriza comunicándolo a los demás, nos quedamos sin saber si su actividad neuronal es digna de elogio, o por el contrario es deseable que no pase a la fase siguiente, la de hablar.
Hoy quiero referirme a quienes nos mal informan o maleducan escudados detrás de un micrófono, bien sea en la radio bien en la tele. Esos profesionales que se ganan la vida hablando, tienen una enorme responsabilidad (aunque algunos parecen ignorarlo) ante su audiencia, que somos todos. A pesar de que la radiodifusión ya es centenaria y ha perdido el aura inicial de magia y/o brujería que se le llegó a atribuir en la primera década del siglo anterior, es manifiesto que ahora, en este siglo XXI, muchísimos oyentes y televidentes siguen creyéndose a pie juntillas todo lo que llega a sus oídos por un receptor de radio o de televisión. (De la prensa escrita ya hablaré otro día, que también hay tela para cortar) Frases como: ¡Lo ha dicho la radio!, o ¡Lo he visto en la tele!, son sentencias lapidarias con que muchos ciudadanos acorazan sus comentarios, para que no se los podamos rebatir, aunque sepamos con toda autoridad que la tal noticia es una barbaridad que no hay por donde cogerla.
De ahí la enorme responsabilidad que tienen los locutores cuando salen al aire, porque se convierten en asertores intocables. Dicho lo cual, paso a reproducir algunos de los comentarios que me han dejado perplejo en los últimos días, y que me hace pensar que quienes tales barbaridades divulgan, trasmutan su categoría profesional de “locutor” por la de “parlanchín”, que la Real Academia asigna a quien “habla mucho y sin oportunidad, o que dice lo que debía callar.”
Escuchaba yo atentamente en la radio una crónica sobre la Estación Espacial Internacional (ISS), en la que se describían algunas de las actividades que sus tripulaciones cambiantes desarrollaban en órbita terrestre. La locutora de turno, al concluir esa noticia y pasar a la siguiente, añadió de su cosecha el siguiente comentario: “Dejamos a los astronautas y nos vamos mucho más cerca, a Santiago de Chile, desde donde nuestro compañero…” ¿Hace falta decir que esa señorita parlanchina no sabe que los 400 km que nos separan de los astronautas de la ISS son muchos menos que los 7.800 km que separan España de Chile? Claro ejemplo de hablar sin pensar.
Los programas de cocina han proliferado en la televisión de forma desmedida. Unos son mejores y otros peores, hay grandes autodidactas que lo saben todo pero no lo saben comunicar al televidente, y otros más caseros, que te enganchan con su gracejo y artimañas en el primer minuto.
En una de esas sesiones culinarias, aparece un “chef” manejando sus herramientas con harta soltura, pero ignoro porqué, está acompañado de una señora que no hace nada ni demuestra saber de nada, aunque caracolea alrededor del cocinero haciendo continuos comentarios de alta sapiencia como: “¡Qué bien huele esto!”, o “Esto o rojo y alargado con pepitas dentro, ¿es un pimiento, verdad?” Bueno, pues un día, en que el sufrido restaurador aderezaba un plato oriundo de las Islas Afortunadas, su acompañante se sintió obligada a demostrar sus profundos conocimientos históricos (razón por la que quizás alguien la haya puesto ahí), y sin enmendarse a nadie lanzó el siguiente aserto: “Este plato es de Canarias, que como todo el mundo sabe perteneció durante muchísimos siglos a Portugal.”
Mi reproducción es literal, y hay que leer la frase varias veces para creer que alguien pueda decir semejante estulticia, y en un medio de masas. Isabel I de Castilla, antes de ser rebautizada como Isabel la Católica, incorporó en 1477 Gran Canaria, Tenerife y La Palma a la corona de Castilla, siguiendo las demás islas poco después. Aunque navegantes portugueses recalaron en las Islas rumbo al sur del continente africano, ni las Canarias fueron portuguesas ni mucho menos “durante muchísimos siglos”. Lo siento por ese “chef”, porque es bueno en su oficio, pero no he vuelto a escuchar sus consejos porque la “historiadora” sigue apareciendo en su programa, dañándolo irremisiblemente. Yo simplemente no la soporto.
Viendo la “tele”, me tropecé con un comentarista que hilaba noticias de aquí y de allá, y en un quiebro geográfico dijo que tenía intención de ir a Namibia para estudiar a los pigmeos (¡) Mira por donde yo he estado en Namibia y países aledaños durante un año, precisamente empapándome de la vida y costumbres de los aborígenes Ovambos, Bosquimanos, Hereros, etc. Puedo jurar que jamás vi un solo pigmeo en Namibia, aunque lo conseguí cuando me trasladé al triángulo de Camerún, Congo y Gabón, a más de mil kilómetros al norte. Espero que ese parlanchín se haya informado mejor antes de sacar el billete de avión, porque los pigmeos de Namibia le pueden dar un soberano plantón.
Otro día, en un coloquio en la radio, el varón que estaba al micrófono quiso demostrar su asombro por los avances científicos diciendo: “Ya lo dice el refrán: Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”. Pues no, señor parlanchín, que ese dicho es antiguo, pero no es un refrán, sino parte del diálogo de Don Hilarión (el de una morena y una rubia, hijas del pueblo de Madrid), del libreto que Ricardo de la Vega hizo con pluma castiza para la zarzuela “La Verbena de la Paloma”, cuya música encumbró el maestro Tomás Bretón. Quedamos pues, en que no es un refrán.
Podría seguir indefinidamente, y quizás vuelva al asunto más adelante, pero para no extenderme voy a rematar con una frasecita que ayer mismo por la noche oí en una tertulia futbolera entre cronistas deportivos. A lo mejor esa misma circunstancia les exonera de su desconocimiento del idioma. Nunca se sabe. Uno de los tertulianos postulaba la pésima ejecutoria de un determinado equipo de futbol, y soltó la siguiente perlita: “No quiero entrar en la “agorería”. Deduje que había querido decir algo así como que “no quería ser agorero”, es decir, pesimista. Pero quizás yo esté equivocado y exista otro idioma paralelo al que yo estudié en su día, llamado español, y que inculto de mí ignoro que ya ha fenecido en las garras de ciertos alevosos parlanchines, merced al poder que les dan las ondas hertzianas y quienes les consienten que hablen así.

Abuelos jubilatas

Jueves, Noviembre 6th, 2008

 
Ana Plonsky Grandela

 

¿Tú te llamas abuelo?

 

            Esa pregunta la hizo por teléfono una tierna criatura de dos años y medio a su abuelo, cuando éste le preguntó si sabía ella quién le hablaba por el teléfono.  ¿Tú te llamas abuelo?

            Si digo que el abuelo era yo, seguro que no desvelo ningún secreto; en cambio sí debo descubrir que la vocecita de golondrina (si las golondrinas tuvieran voz), era de mi nieta Ana que naturalmente me adora, como no podía ser menos.

            Ese mundo inédito con el que nos topamos los currantes cuando cae el telón de la representación de nuestra vida laboral, aparece sazonado de dificultades y situaciones forzadas, que empañan la supuesta alegría de arribar por fin al deseado reposo temporal (el reposo eterno es más descansado, pero nadie lo quiere)

            Ese nuevo estatus, aparentemente goloso y exento de obligaciones, nos coge a casi todos a contrapié, porque llevamos entre tres y cuatro décadas inmersos en una rutina y horarios prefijados, que han dividido y parcelado nuestro tiempo a su antojo, y subsiguientemente nuestra vida más íntima, si es que alguna vez la hemos tenido del todo.

            La sensación de la llegada a la jubilación es tan traumatizante, como la de viajar en un tren del que nos apeáramos distraídamente en una estación de la que no conocemos ni siquiera el nombre. La burocracia administrativa está al acecho de los que llegan a tan señalado momento, para complicarles su nueva vida. Tienes que demostrar que no trabajas y porqué, si te has ido de tu empresa o te han echado, si por las buenas o por las malas, si de verdad has trabajado y cotizado todo lo que dices, etc.

            A lo largo de nuestras vidas todos hemos pasado unas cuantas veces por el vía crucis del papeleo y de la burocracia, y mal que bien, hemos salido indemnes de la experiencia, e incluso en ocasiones hemos conseguido de la Administración lo que nos proponíamos (¡los hay con suerte!) Pero no es lo mismo lidiar en las ventanillas municipales, regionales o estatales con la dinámica de los joviales treinta años, que con la pachorra de los sesenta cumplidos, cuando pretendes normalizar tu nueva vida de jubilado, a la que paradójicamente, has arribado sin darte cuenta.

            Ahora que tienes tiempo libre a cualquier hora del día, te das un “garbeiyo” por el Retiro o por el parque que tengas más a mano, y descubres que los niños que aún no están en edad escolar, es decir los bebés, van todos en cochecitos de tracción animal llamada “abuelo”. Ese ejemplar humano es además polivalente y omnipresente, ya que le verás hacer de todo y en todos los sitios, siempre que se huela u oiga a niños cerca.     Al abuelo de nuestros días le verás desesperado buscando el chupete para calmar el berreo del nietecito, sin percatarse de que lo tiene debajo del zapato, bien rebozado en arena; observarás cómo intenta perseguir a dos o más criaturas que, inocente o malévolamente, se alejan de él en direcciones apuestas; percibirás sus desesperación cuando pretende encontrar la botellita de agua en la red que cuelga tras el respaldo del Jané, mientras farfulla algo de la madre de las criaturas a su cargo, olvidando que esa madre es su propia hija.

            Los niños de ahora disfrutan de los padres a plazos, y no muy largos, de lunes a viernes, ya que ambos cónyuges se deben a los respectivos trabajos que han de sustentar la supervivencia de la familia. Padres e hijos se ven, si es que se ven, por la mañana temprano cuando los sacan de la cuna-cama para largárselos al abuelo, quien los recibe amorosamente todavía dormidos. Por la tarde, el primero de la pareja que termine el tajo, relevará al sacrosanto abuelo de las bienamadas criaturitas con las que Dios ha tenido a bien premiar su incipiente jubilación. ¡Alabado sea Dios por esas y otras mercedes!

            Y así, unos y otros, derrochando amor y paciencia, conforman el nuevo “modus vivendi” familiar de nuestra era. Pero los nietos no sólo son los hijos de nuestros hijos, sino que son “dos veces nuestros hijos”, según un proverbio japonés (este es japonés, todos los demás son chinos) Eso se traduce en que la responsabilidad del abuelo se desborda lo mires por donde lo mires.

            Hace unos días me llevé un susto de muerte. Acudí a un enorme parque que hay cerca de mi casa, siempre rebosante de niños, y observé que los cuidadores de esa miríada de traviesos eran jóvenes de ambos sexos, calzando entre veinte y treinta años de edad. ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Dónde estaban los sacrificados y beneméritos abuelos? De pronto caí en la cuenta y respiré tranquilo, ese día era domingo y los padres, exentos del castigo divino de trabajar, habían vuelto a cuidar de su camada como manda la naturaleza. Fue bonito ver ese reencuentro entre las criaturas y sus hacedores, aunque bien efímero, porque al día siguiente una nueva pléyade de abuelos acudiría a sustituirlos hasta donde fuera necesario.

            Los niños son muy inteligentes, y perciben inmediatamente que del abuelo se puede conseguir todo porque en su vocabulario no existe la palabra “NO”, y si existe, es con minúscula y en redondilla. Los nietos ven al abuelo como un blando cojín, con el que jugar, en el que refugiarse cuando los padres les amenazan levantando la voz, y donde echarse a dormir cuando la fatiga acaba venciéndoles.

            Si el abuelo tiene buena mano (y suerte, ¡mucha suerte!), y consigue compincharse con sus nietos, acabará disfrutando como si tuviera su edad, aunque esa atípica camaradería atraiga a veces el recelo o la envidia de sus padres. La experiencia es inenarrable, y cada abuelo la cuenta de una forma, pero yo la resumo en el conmovedor estremecimiento que sacude mi cuerpo cuando, al despedirme para volver a mi casa, mi nietecita Ana me dice: “Abuelo, yo quiero irme con tú.”