Reencuentro con un amigo
Ayer fue el aniversario de Javier.-
Berta, la hija de mi buen amigo Javier Muñoz, me ha invitado a una reunión cuasi familiar para recordar a su padre, que hace ahora un año que nos dejó para siempre. Los que ya tenemos más de medio siglo de edad con propina, no sabemos ubicar el tiempo en su justa medida. Cualquier hecho nos parece muy próximo o muy distante, según parámetros que no podemos controlar. Para mí, Javier se fue hace escasas semanas a lo sumo, nunca meses, y dudosamente hubiese admitido el largo año de silencio que afirma Berta. Pero, ¿quién mejor que ella para saberlo?
Es la primera vez que acudo a un aniversario familiar y amistoso de estas características, a cielo abierto, en la sierra de Madrid, saludando a personas a quienes jamás he visto antes, pero con las que sabes tienes en común algo impalpable, la ausencia-presencia de Javier.
Javier se fue tan deprisa, que no me dio tiempo a asumir que su viaje era el definitivo, y además él se empecinó en que no le fuera a ver postrado, sabiéndose tocado de muerte. Hubiese sido muy duro, tanto para él como para mí, intentar mantener un coloquio forzado, conociendo que aquella visita era un adiós, lo disfrazáramos como lo disfrazáramos. Por eso, Javier una vez más tuvo razón, y respeté su sabia tozudez. Me costó mucho no desobedecerle, porque el primer sentimiento de cariño te impulsa a acudir presto para agarrarte a él e intentar impedir que se vaya, pero si se tiene que ir, que no lo haga ni en silencio ni en soledad, sino sintiéndose arropado y querido por quienes hemos compartido algo de su vida.
Luego, cuando la parca se salió con la suya y arrastró consigo el genio y figura de Javier, cuando sólo dejó una imagen hierática rodeada de flores, conseguí mi momento de soledad con él, pero de soledad compartida, porque los dos volvíamos a estar frente a frente. Le miraba a través de un cristal, como muchas veces en el trabajo, enclaustrado en su oficina prefabricada, pero esta vez no hubo guiños cruzando el vidrio en ambas direcciones, sino mi monólogo de única dirección. Repasé mentalmente con Javier algunas de nuestras vivencias de los últimos 40 años en la NASA. Me reí, y lloré, pero no estuve ni un momento sólo. Pude oír el eco de sus chistes, de sus ironías y de sus recuerdos de la infancia, tan próxima a la mía, cuando en nuestras largas vigilias laborales mirando y “escuchando” a la Luna, pasábamos horas hablando de nuestras correrías por el barrio, en aquel Madrid provinciano de la posguerra tardía.
Berta propició con su convocatoria de ayer el que entre unos y otros fuéramos dibujando en el ambiente la figura de su padre. El calor anímico de los familiares y amigos allí presentes consiguió trasladar a Javier al centro del círculo, que inconscientemente habíamos ido abriendo para él. Y sabiéndole allí con nosotros, hablamos de él, y le leímos poesías, y removimos anécdotas, frases y gestos tan suyos, que llevaban claramente la “denominación de origen Javier”, y naturalmente nos emocionamos.
De vuelta a casa, ya noche cerrada en la carretera, fui repasando con sabor agridulce aquellos momentos recientes, a la vez que pensaba en las palabras de mi amigo Luis, quien afectado como yo, me había dicho minutos antes: “Los homenajes hay que hacerlos en vida.”
¡Gracias Berta por habernos dejado estar con tu padre unos minutos más!
Tags: Vivencias
Septiembre 7th, 2008 at 21:05
Qué bonito! Javier sabe que estuvisteis allí con él. Y agradecerá tu escrito porque con el nos acercas a el y a cada persona que ha desaparecido de nuestro lado.
Besos didi