Lo trágico puede ser cómico
Viernes, Octubre 10th, 2008Por el aquel de la filatelia, en 2001 aterricé en un país tan lejano como desconocido, y viceversa, que se llama Armenia. Se conmemoraba entonces el 1.700º aniversario de la adopción del Cristianismo como religión oficial del Estado, motivo por el cual esperaban en breve nada menos que a SS el Papa Juan Pablo II.
Cuando salí a descubrir las grandes avenidas y estrechas callejuelas de Yerevan, la capital de Armenia, me sorprendió encontrarlas engalanadas con cientos de cartelones, pancartas y banderolas con el fondo de la bandera española, anunciando tres corridas tres de toros españoles, por primera vez en la historia de Armenia. (Ver foto adjunta)
No sé porqué me han venido ahora a la memoria aquellos fastos, pero no me resisto a contarlos, porque me dieron ocasión para vivir situaciones que jamás pensé que se pudieran dar. En cierta forma lo vivido en Yereván, me recuerda aquellas películas cómicas del cine mudo que hicieron las delicias de varias generaciones, entre ellas la mía.
Ignoro de quien fue la idea de incluir corridas de toros entre los actos a celebrar, teniendo en cuenta el natural desconocimiento que tienen los armenios sobre nosotros, por no decir el que tenemos nosotros sobre ellos. Pero en fin, así lo tenían organizado cuando yo llegué, así lo viví y así lo voy a contar.
Los toros a lidiarse fueron llevados de España, eran ibéricos de pura cepa y, como tales, de impresionante fachada, lo que suscitó la temprana admiración del respetable del lugar (armenio, ¡claro!) La intención de los organizadores era la de calcar nuestra llamada fiesta nacional en todos sus detalles, excepto en la suerte suprema, ya que los protagonistas bovinos debían quedar con vida. La idea era buena, pero como dice el refrán: zapatero a tus zapatos, y pasó lo que tenía que pasar.
Evidentemente, en Armenia no había un coso taurino ni cosa que se le pareciera, ni siquiera unas ruinas arqueológicas -que las hay por docenas-, que pudieran servir al uso. Si el refranero armenio se parece al español, es posible que algún responsable local pensara que a falta de pan…bueno es un estadio de futbol, y allá que fueron a parar los veinte astados hispanos, a la espera de su debut allende las estepas caucasianas.
El sol de Yerevan no tiene nada que envidiar al de Écija, pongo por ejemplo, razón por la que se decidió no torrar innecesariamente al respetable, y anunciaron el comienzo del espectáculo nada más declinar el Lorenzo, que insisto, allí luce sus mejores galas, como he comprobado en mi propia carne.
Visto así todo parecía muy razonable, pero… por diferentes razones (ajenas a la Empresa, se diría aquí), los clarines no sonaron hasta que ya el día había agonizado, lo que exigió el encendido de las cuatro gigantescas torres preñadas de bombillones de mogollón de vatios, que dejaban ciego a cualquiera que levantara la mirada del suelo.
Cuando en España le abren el cajón al toro, y tras él el toril, el animal sale hecho una exhalación huyendo de la oscuridad total, con el reclamo de la luz que ve al fondo del callejón. Los espectadores -que no aficionados-, del estadio de Yerevan no se explicaban porqué un toro, con pedigrí de bravura española, se negaba a salir al ruedo, máxime cuando las luces le indicaban bien claramente el camino. Claro, que el astado no es un humano que pueda pensar que va salir a lucirse en la Pasarela del Sol, bajo un chorro de kilovatios, ante un público expectante.
Con movido ajetreo de golpeteos e interjecciones de ¡Eje toro! ¡Aja toro!, pero en lengua armenia, claro, que es más exótica, el primer astado se arriesgó a asomar la jeta, lo hizo con toda discreción, adentrándose pasito a paso en aquella galaxia luminiscente que le hacía polvo las retinas. Yo eché en falta aquel tradicional trotecillo altanero de nuestros toros sobre la fina arena, pero como allí era todo tan diferente… Ni el trapío ni el poder adornaron aquellas salidas al ruedo (por llamarlo de alguna forma), que para más INRI, acabaron ofreciendo el lánguido espectáculo de los bichos pastando una –al parecer jugosísima-, hierba bien regada y nutrida, segada al ras, y abundante en demasía. Así que cuando el toro consideró que ya había comido bastante, salió de exploración por el estadio, posiblemente buscando un abrevadero, y como no lo encontró, optó por ir a saludar in situ al respetable, saltando a los graderíos.
Como es de imaginar, aquel festejo acabó como el rosario de la aurora (a fin de cuentas, los armenios son cristianos creyentes), con las multitudes abandonando el estadio con toda premura, y no todos por las puertas, como pude observar, mientras el heredero de los Mihura se daba un garbeillo turístico por las calles y campos de la capital, con un salero y un brío que no había podido demostrar en el estadio.
Fue paradójico que la premisa gubernativa armenia, de que ninguno de los toros españoles habría de morir (tal cual hacen en nuestros ruedos), no se pudiera cumplir, al menos con ese toro de la primera corrida con apetencias turísticas. Las Fuerzas de orden público locales tuvieron que dar caza y captura al locuelo astado que tenía en un hilo a la población. Y ahí sí pudo demostrar por fin su casta e hidalguía, porque fueron necesarios nada menos que doce balazos para acabar con su vida, eso sí, sin darle ninguna oportunidad de dar algún revuelco o incluso una buena cornada en la femoral al matador de turno.
En fin, un inesperado espectáculo trágico-cómico, pienso que irrepetible, por las circunstancias, por el lugar y por el hecho de que yo estuviera allí para verlo y poder ahora contarlo. Sin duda se hablará durante mucho tiempo en Yerevan de las corridas de toros españolas, aunque sigan sin saber cómo son.
